Artículo redactado por el equipo de CEMP
Validado por equipo docente
El diagnóstico de la piel es la base de cualquier rutina de cuidado facial o tratamiento estético.
Bien realizado, no solo se traduce en recomendaciones específicas y efectivas para cada piel, sino que evita el uso de productos inadecuados o rutinas genéricas que no resuelven los problemas reales y pueden incluso agravarlos.
En este artículo veremos cuáles son los pasos necesarios para lograrlo, que todo profesional de la dermofarmacia y de la cosmética debería conocer.
El diagnóstico cutáneo consiste en un análisis detallado que sirve para detectar, clasificar y entender las características y necesidades de la piel.
Su principal propósito es personalizar los cuidados cosméticos para prevenir y tratar problemas tan comunes como la sequedad, el exceso de grasa, las manchas, las arrugas, la sensibilidad, etc.
Para ello, y a grandes rasgos, el diagnóstico debe evaluar:
Todo ello mediante la combinación de un análisis visual, para observar el estado externo del rostro, y un diagnóstico tecnológico en el que se recurre a aparatos especializados que miden parámetros internos no visibles.
El diagnóstico facial completo está compuesto por 6 pasos que incluyen observación visual, análisis táctil y recogida de datos sobre hábitos y entorno, entre otros.
Veámoslos más en detalle:
El primer paso consiste en observar la piel del rostro para localizar manchas, rojeces, arrugas visibles o zonas donde la piel presenta textura rugosa.
Algunos de ellos son signos iniciales de envejecimiento, pero también de alteraciones cutáneas que tienen que ser tratadas.
Debido a que la calidad y la dirección de la luz influyen mucho en la percepción, hay que iluminar el rostro con una luz blanca y uniforme, y no amarilla (pues camufla las imperfecciones).
La inspección táctil del rostro, siempre realizada con las manos limpias, permite detectar matices que escapan al ojo: grosor, elasticidad, nivel de hidratación, suavidad o aspereza…
Para ello, se realizan movimientos circulares y ligeras presiones con las yemas de los dedos, desplazándolas suavemente por las distintas zonas del rostro: frente, mejillas, nariz y barbilla.
Este gesto proporciona gran cantidad de información:
Este paso complementa la visión y es imprescindible para entender el estado funcional de la piel.
La alimentación, el ejercicio físico y hábitos como la hidratación diaria también están relacionados con el estado y la longevidad de la piel.
En consecuencia, su cuidado debe adaptarse para hacer frente a los posibles riesgos que pueda acarrear el estilo de vida.
Por ejemplo: un rostro muy expuesto a los rayos solares, que contribuyen al envejecimiento prematuro de la piel, necesitará incorporar en su rutina facial diaria un protector solar con buenos ingredientes.
Precisamente el tipo de exposición social es uno de los hábitos a analizar durante el proceso de recogida de información, junto a otros como:
Además, el diagnóstico debe tener en cuenta el entorno y clima en el que vive la persona, su grado de exposición a la contaminación y a posibles sustancias irritantes ambientales, el uso frecuente de aire acondicionado o calefacción…
La valoración visual y táctil, junto a la información clínica, permite clasificar la piel. Por ejemplo:
Aunque esta clasificación es útil para pautar un protocolo cosmético de cuidado básico, no es suficiente para realizar un tratamiento profundo que, además de aportar salud, mejore la calidad de la piel.
Con este segundo objetivo se define el subtipo cutáneo, que designa aquellas pieles con alguna condición o patología a tratar:
De la precisión de este paso dependerá la correcta elección de los productos de la rutina cosmética facial personalizada.
Aunque no es un paso obligatorio, sí es habitual y recomendado en el entorno profesional. Se trata de utilizar dispositivos analizadores de piel para medir parámetros internos:
Estos equipos, basados en cámaras de alta resolución y espectroscopia óptica, detectan afecciones invisibles a simple vista y reducen el componente subjetivo inherente a los diagnósticos faciales que se realizan sin aparatología.
Tras recabar todos los datos, se recopilan en un informe claro que resume:
En su síntesis diagnóstica, el profesional marca los problemas más relevantes sobre los que hay que actuar, como la deshidratación, la acumulación de sebo, la aparición de manchas, el envejecimiento prematuro o la sensibilidad.
De esta forma, y de cara al siguiente paso, se enfoca el protocolo de cuidado individual en aquello que tendrá mayor impacto positivo en la salud y el aspecto del rostro.
Con base en la ficha y prioridades, se establece una rutina diaria y semanal adaptada, que estará compuesta por productos de limpieza facial, exfoliación (si procede), sérums específicos, hidratantes y fotoprotectores.
Todos ellos ajustados al contexto individual para evitar el uso innecesario o perjudicial de la cosmética.
Cuando se busca un resultado más profundo, el diagnóstico también orienta la elección de técnicas en cabina. Según cada cuadro cutáneo, puede recomendarse la realización de:
Como ocurre con los cosméticos, la elección aquí también debe estar fundamentada en el informe diagnóstico para garantizar que la intervención sea segura, eficaz y adecuada a las necesidades del paciente.
De ahí que los diagnósticos cutáneos sean realizados por profesionales de la dermofarmacia y de la ciencia cosmética.
Son los únicos con un conocimiento global de la estructura y de la fisiología de la cutánea, gracias a formaciones específicas como, por ejemplo, el Máster en Cosmética y Dermofarmacia de CEMP, que incluye módulos como los siguientes:
Además, incluye 300 horas de prácticas, que ayudan a que el diagnóstico de la piel pueda llevarse a cabo con total seguridad al finalizar la formación.
Por tanto, si quieres dedicarte a esta profesión con alta demanda en el mercado, el máster de CEMP puede resultarte de gran ayuda para destacar entre los demás perfiles.
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